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Siria; víctima de la maldad | Artículo

Por Alberto Vizcarra Ozuna

Si algún país, en este momento, puede dar testimonio del dolor sufrido por la inmisericordia de la geopolítica, es la nación árabe de Siria. El terremoto del 6 de febrero que afectó a Turquía, también golpeó con intensidad a Siria, donde la Organización Mundial de la Salud, estima la muerte de más de 8 mil quinientos sirios y daños estructurales sobre 4 mil edificaciones. Los daños del terremoto vienen a representar la proverbial “llovida sobre mojado”, a un país que desde el 2011 ha sido diezmado por una persistente ofensiva terrorista y un conjunto de sanciones económicas de occidente que lo mantienen postrado, con su infraestructura económica dislocada y con sus capacidades productivas disminuidas a su mínima expresión.

Después de la tragedia del terremoto, el despliegue de apoyo y respaldo sostenido y ofrecido a Turquía, por la comunidad internacional, no se le brindó, ni se le ha brindado a Siria. A excepción de los respaldos de Rusia y China, el mundo occidental se sometió a los dictados imperiales angloamericanos que sostienen las sanciones económicas contra Siria, como castigo por considerarla una nación autócrata que no se ajusta a los “valores democráticos de occidente”. La norma de la geopolítica angloamericana: castigar con los peores horrores a un pueblo, por las diferencias políticas con su gobierno.

Este 6 de marzo, el Secretario de Estado norteamericano, Antony Blinken, mostró con rostro duro que no hay sufrimiento humano que los conmueva. Los intereses geopolíticos son primero. Confirmó que la política de sanciones totales contra el régimen del presidente Sirio, se mantendrán: “los países no deberían de normalizar las relaciones con el régimen de Assad, en ausencia de un progreso duradero… en espera de que este régimen rinda cuentas”. Al mismo tiempo reafirma el respaldo de los Estados Unidos a los grupos terroristas disidentes del gobierno Sirio, con quien mantienen una operación coordinada para derribarlo. A la sombra de estos criterios, todos los males que desciendan sobre el pueblo Sirio, pasan a convertirse en una “bendición” para la geopolítica. Incluido el reciente terremoto.

En el 2017, la oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, catalogó el conflicto armado en Siria como el peor desastre humanitario ocasionado por el hombre desde la Segunda Guerra Mundial, convirtiendo al país entero en una inmensa cámara de tortura, un lugar de salvajismo, descontrol y absoluta injusticia, con casi siete millones de personas desplazadas, más de cuatrocientos mil muertos y cerca de cinco millones de ciudadanos que, para huir de la violencia, han solicitado asilo político en distintos países. Todo ello consumado en menos de seis años.

Siria, como Egipto, Libia, Túnez, entre otros países, en la primera década de este siglo, fueron sometidos a una inducida ola de inestabilidad social, alentada desde los centros geopolíticos de Washington y Londres, con la cobertura de un fenómeno espontáneo al que denominaron “primavera árabe”, cuyo objetivo se centraba en alentar los “cambios de régimen” para que estos países, sumidos en el caos, quedaran indefensos frente a la ofensiva neocolonial sobre esa región del mundo. El caso de Libia puede ser el más brutal y trágico.

Sobre Siria se ha ensañado la maldad, porque sus ventajas geográficas se han convertido en codicia de intereses geopolíticos. Cuenta con una posición estratégica situada en el cruce de caminos que entrelaza a Europa, África y Asia; participa de cerca de 200 kilómetros de costa en el mar mediterráneo e históricamente ha sido puente del tráfico comercial en la región por su proximidad al Mar Negro, el Golfo Pérsico, el Mar Caspio y el Mar Rojo. Dispone de un importante potencial agrícola, con más del 25 por ciento de su territorio susceptible de ser cultivable y cuenta con las caudalosas avenidas del histórico Río Tigris.

El asedio en su contra tiene décadas, pero como lo describe el comisionado de las Naciones Unidas, desde el 2011 se intensificó la ofensiva. Grupos terroristas de la región, mercenarios que los Estados Unidos usan de acuerdo a sus intereses, como el llamado Al Daesh (antes Estado Islámico), Isis y otros, han mantenido una especie de guerra perpetua contra el gobierno y ahora ocupan una parte del territorio sirio en la región de Al Tanf, en la frontera con Irak, donde gozan de la protección del ejército norteamericano. Es la región donde se ubican los yacimientos petroleros del país, que el gobierno no puede hacer uso de ellos porque están en manos del mercado negro controlado por los Estados Unidos.

Les han despojado de su fuente de abastecimiento energético y con ello sus capacidades económicas se han visto diezmadas. El frente más sensible es el de los alimentos. Antes del 2011 el país producía cuatro millones de toneladas de trigo anuales, que para una población de 20 millones, le daba una autosuficiencia del 80 por ciento. Hoy su producción ha descendido a un millón y medio de toneladas y el hambre los golpea con fuerza.

Al ocultamiento mediático mundial de lo que ocurre con Siria, se le agregan los desplantes de las elites occidentales que explícitamente sostienen que todas las desgracias que ahora han caído sobre ese país árabe, son bien merecidas, en tanto su gobierno “no pague las cuentas pendientes”. Todo castigo es válido cuando se levanta el estandarte hipócrita de la democracia.

No todos participan del silencio cómplice. No todos se callan ante los gritos de Washington de que nadie ayude a Siria. Un fuerte reclamo moral de que se levanten las sanciones económicas contra la nación árabe sale de los Estados Unidos encabezado por Pax Christi USA, al que se han unido otros quince grupos religiosos de distintas denominaciones evangélicas, además de los consistentes llamados de Helga Zepp LaRouche, fundadora del Instituto Schiller, Vanessa Veeley, periodista británica, Marwa Osman escritora libanesa, Coronel norteamericano Richard Black (retirado) y el representante Matt Gaetz, (republicano de Florida), quien presentó en el Congreso una “resolución de facultades de guerra”, para que salgan todas las tropas estadounidenses de Siria.

Aunque la aprobación de la iniciativa en el congreso norteamericano goza de pocas posibilidades, hasta el momento es lo más aproximado para detener la barbaridad asociada a la política de las sanciones que en este momento crítico se ejercen contra Siria. Una política que permanece como un garrote levantado contra cualquier país que entre en conflicto con la agresiva ofensiva unipolarista que rige el impulso global de occidente.

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