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¿Por qué Isabel II es adorada en Reino Unido? | Artículo

Por Antonio Salgado Borge

La desbordada reacción de parte del pueblo británico ante la muerte de Isabel II ha sido duramente criticada desde algunos círculos mexicanos.

Destacan aquellos grupos compuestos por periodistas o políticos identificados con la izquierda. Dos explicaciones para estas impresionantes muestras de afecto se han repetido con insistencia en estos círculos.

La primera es que, a pesar de su desarrollo económico y social, los británicos sufren una suerte de ‘falsa consciencia’ o ceguera colectiva que les lleva a adorar a su opresora. En este lectura, no existe otra forma de entender el tributo a un personaje que es visto fundamentalmente como un parásito del erario dedicado a la pompa, celebraciones y vida social que caracteriza a algunos monarcas.

La segunda es que las casi unánimes muestras de afecto son evidencia de que la mayoría de la población en Reino Unido sigue añorando las épocas del sangriento imperio británico; un tiempo de conquista, dominio y explotación a otros pueblos, supuestamente encarnado en la figura de Isabel II.

Es innegable que ambas explicaciones incluyen pizca de verdad.

Es un hecho indisputable que Isabel II, al igual que sus antecesores y sucesores, vivió rodeada de lujos que se extendieron a su familia.

También es cierto que la caída del imperio fue traumática en su momento y que desde hace décadas hay un puñado de personas trasnochadas, principalmente conservadores radicales, que sueñan con una restauración moralmente indeseable y fácticamente imposible.

Sin embargo, ambas explicaciones, por simplonas y desinformadas, terminan siendo tiros que quedan muy lejos del blanco.

Para entender el afecto masivo a Isabel II es necesario considerar que mientras monarcas en otras partes, como España, se sumían en la irrelevancia o el desprestigio, esta reina logró convertirse en un referente.

Me parece que tres factores principales ayudan a explicar este fenómeno.

El primero es el papel de la reina en la constitución de la identidad nacional de los británicos de esta época.

Mucho se ha comentado que para cualquier persona menor a los 75 años es imposible recordar su vida sin la figura de Isabel II presente. Las personas vivas actualmente han vivido todas bajo lo que se conoce como el segundo período isabelino.

Por ponerlo de otra forma, para prácticamente toda la población de Reino Unido Isabel II no es ‘una reina’ sino ‘la reina’.

La imagen de la reina, el sello de pertenencia a esta época, es palpable en distintos ámbitos de la vida en Reino Unido. Isabel II se hacía presente ante personas a través de sus continuos mensajes oficiales en radio y televisión. Durante décadas, su presencia era además física, a través de giras y eventos de caridad. En Reino Unido se comenta mucho que existe un porcentaje significativo de la población que ha visto en persona alguna vez a quien fuera su reina.

Isabel II aparecía en la arena política a través de sus reuniones de trabajo semanales con el primer ministro en turno. A ello hay que sumar que su imagen está estampada en billetes, monedas y un sinfín de espacios públicos.

Para la mayoría de los británicos su monarca fallecida no era entonces una señora rica encerrada en un palacio. Su reina formaba parte integral del ser británico como es entendido actualmente por prácticamente toda la población de los países que constituyen el Reino Unido.

El segundo factor que ayuda a explicar el casi unánime respeto a la monarca fallecida tiene que ver con la forma en que encaró sus responsabilidades.

A pesar de ser una constante presencia durante 70 años, son muy pocas las ideas o aspectos de la personalidad de Isabel II que son conocidos por el público. El que este sea el caso se debe en buena medida a que esta monarca tomó desde el inicio de su reinado, cuando apenas tenía 25 años, una decisión radical que sostuvo a lo largo de su existencia: el rol que le tocó jugar en la vida era más importante que su desarrollo como individuo. Así, al momento de subir al trono se despidió de Isabel la persona y dedicó su vida a ser Isabel II la monarca.

En un sentido, esta decisión contrasta con la idea, tan popular en nuestros tiempos, de que la personalidad del líder es más importante que las funciones que corresponden a la posición que ocupa.

También rompe de tajo con el excesivo énfasis individualista de la sociedad capitalista contemporánea. Muy pocas personas piensan actualmente que la contribución que con su trabajo hacen a la sociedad es más importante que su individualidad. Es decir, muy pocas personas se conciben primero como un constituyente de una sociedad y luego como un individuo.

Para fines de este análisis, lo importante es que el hecho de que el respeto casi unánime entre la prensa de derecha e izquierda en Reino Unido a Isabel II no se puede entender sin considerar que esa monarca demostró durante 70 años su entrega total a su rol y su disposición poner de lado su individualidad, opiniones o preferencias con tal de cumplirlo a cabalidad.

El tercer y último factor a considerar, estrechamente vinculado con el anterior, es que Isabel II buscó y logró constituirse en un elemento de unidad por encima de divisiones políticas o partidistas.

Esta monarca trató con 16 primeros ministros de distintos partidos: desde Winston Churchill hasta Elizabeth Truss. A pesar de no estar técnicamente penado, en ningún momento expresó su preferencia por alguno o intentó, en lo más mínimo, inclinar la balanza utilizando su enorme capital político.

Desde luego, en un sentido, esta neutralidad puede resultar exasperante. Un claro ejemplo de ello es Brexit. Pero en otro sentido, Isabel II entendió que intervenir en asuntos políticos hubiese rebasado, y por ende dañado, su rol como monarca constitucional y la importancia que este tiene para el pueblo de Reino Unido.

Lo cierto es que, colocando a la Corona más allá de la disputa política, Isabel II logró mantener el respeto y la aprobación, indispensables para su legitimidad, por parte de todos los partidos políticos de Reino Unido.

Se dice fácil, pero con Reino Unido al borde de la desintegración, incluso quienes pugnan por la independencia, como la admirable primer ministro escocesa Nicola Sturgeon, han manifestad su respeto sin reservas por esa reina.

Sin embargo, pocos discursos han capturado esto tan bien como el de Keir Stammer, líder del más grande partido de izquierda en Reino Unido:

“Cuando todo está girando, nuestra nación requiere un punto fijo. Cuando tiempos son complicados, requiere consuelo. Y cuando la dirección es difícil de encontrar, requiere liderazgo. La pérdida de nuestra reina ha robado a este país de su punto más fijo, de su más grande consuelo, precisamente en el momento en que más los necesita. Pero el compromiso de nuestra reina hacia nosotros, su vida de servicio público, fue sostenido por un entendimiento crucial: que el país que llegó a simbolizar es más grande que cualquier individuo o institución.”

Para entender, como mexicanos, el respeto casi unánime en Reino Unido a Isabel II, no hace falta entonces defender a la monarquía como institución. Tampoco hace falta ser un reaccionario representante del conservadurismo de hace dos siglos, como parece ser el caso entre algunos legisladores o comentócratas de extrema derecha mexicanos.

En lo personal creo firmemente, como muchas otras personas en nuestro país, que la idea de que ciertos individuos o su linage han sido elegidos por algún dios para gobernar sobre un pueblo es anacrónica e insultante.

Príncipe Andrés

Es más, ni siquiera es necesario pretender que la monarquía británica o Isabel II misma estén libres de fallas. Por ejemplo, algunos miembros de la familia real de ese país, empezado por el Príncipe Andrés, se ha caracterizado por sus abusos. Apenas esta semana, The New York Times documentó que Carlos III, el nuevo rey y un hombre inteligente e ilustrado, ha hecho una fortuna con negocios que se han beneficiado de condonaciones fiscales y no tiene problema en aceptar donativos de personajes impresentables para sus fundaciones.

La intención de este artículo ha sido mostrar que se equivocan quienes piensan que las impresionantes muestras de afecto que ha recibido Isabel II, que se extienden a lo largo de Reino Unido y del espectro político británico, se deben a una especie de ‘falsa consciencia’ o añoranzas imperiales.

Aquí he argumentado que la impresionante respeto que le tiene el pueblo británico a su monarca fallecida sólo puede entenderse apelando a los hechos. Y los hechos son que tomando su rol con una seriedad fuera de serie y adaptándolo a la sociedad contemporánea, Isabel II logró convertirse en estandarte de identidad nacional, del rol de cada individuo en una sociedad y de una unidad que trasciende divisiones ideológicas o partidistas.

Es una pregunta abierta si quienes le sucedan serán capaces de mantener el camino abierto por el segundo período isabelino. Y en consecuencia, también es incierto cuánto más podrá extenderse el tiempo de la monarquía constitucional británica.

*Doctor en Filosofía. Associate Lecturer en la Universidad de St. Andrews
Facebook: Antonio Salgado Borge
Twitter: @asalgadoborge

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