Si algo confirmó Antonio Ortuño (1976) mientras escribía La Armada Invencible (Seix Barral), es que el humor salva. Ante tiempos de pérdidas y pandemia, el narrador de Guadalajara construyó a golpe de teclado un búnker. “El libro fue mi salvación”, dice el autor de La vaga ambición y La fila india.
La novela cuenta la historia de un grupo de amigos cuarentones que deciden reunir a su vieja y ya extinta banda de metal. A salto de mata entre risas y nostalgia, Ortuño habla de sin solemnidad alguna de música y amistad, en un relato que en muchos sentidos resulta entrañable.
Los últimos años han sido particularmente complicados en tu vida personal. ¿Cómo conseguiste escribir una divertida?
El libro fue mi búnker, mi balsa de salvación. Lo empecé a planear meses antes de la mudanza a Alemania y en Berlín comencé la escritura. La pandemia fue terrible para todo el mundo, tanto para quienes tuvimos pérdidas personales como para la gente entristecida. En medio de todas estas oscuridades terribles trabajé en la novela y fue un consuelo. Quería que fuera carnavalesca, procaz, divertida, dinámica desde el principio, pero me costó llegar sin lodo en los pies de todas las desgracias. Espero que esa suerte de espacio habitable que me construí mientras escribía este ahí para los lectores y se la pasen lo mejor posible.
Sí, es casi lo único que salva en muchos momentos. Hay otras cosas como el amor de tu gente, pero el humor no depende de nadie más, lo tienes o no está en ninguna parte. No hablo nunca en términos de autosuperación, pero creo que es algo muy humano, el humor es un mecanismo de supervivencia, como lo son la adrenalina y otros. Nos hace seguir vivos. Para mí es un síntoma de cordura.
Al ser una novela sobre una banda de rock se prestaba para hablar de la nostalgia, pero a la vez para sacar la furia o la rabia.
El rock tiene esa capacidad y por eso ha sido importante en la vida de tanta gente. A mí me permitió canalizar mucha energía, enojo, frustración que existe contra todos los errores y humillaciones de la vida cotidiana. Hay gente que le gusta exorcizar a sus demonios con el baile y otros que estamos tan enojados que lo que nos gusta es ese otro camino de agitar la cabeza y golpear el aire. Sin embargo, también quería que los personajes fueran más que eso, que tuvieran otras vidas, otras expectativas: que fueran lo suficientemente roqueros y lo suficientemente humanos.
Al final de la novela vemos una suerte de golpe de realidad.
Tenía planeado dos posibles finales, uno absolutamente desolador y humillante y otro que era agridulce. Funcionaba mucho mejor y era más congruente con la novela el agridulce. Uno se pasa los primeros años como escritor aprendiendo a matar a los personajes, pero lo siguiente que tienes que aprender es a que vivan. Matar o hundir a todo el mundo es un recurso un poco infantil, es mucho más difícil dejar que los personajes vivan y salgan del conflicto.
Las digresiones de los personajes aportan para darle mayor dimensión a los personajes.
Los monólogos internos son donde piensan y buscan su lugar en el mundo. A la vez esas digresiones que son indispensables en el propio tono de la novela, que sería muy cansina si fuera solo una relatoría. Para que no sucediera eso intenté distintas cosas: la primera parte del tiene muchos flashbacks. Incluso se teoriza un poco sobre el metal de manera un poco enloquecida, pero divertida. Finalmente está el recurso de las entrevistas para el documental que se está contando. La mayor parte de los documentos que tenemos sobre el rock es historia escrita por periodistas, eso me dio la posibilidad de que los personajes se narren a sí mismos, cambien el punto de vista, complementen, desmientan o contrasten lo que dice el narrador principal.
La novela se puede leer también como un homenaje a la amistad.
Claro. Creo que en eso que decía Rubem Fonseca, uno escribe sobre sus otras vidas posibles. Hubiera querido ser músico, sencillamente por las circunstancias de mi vida a los 21 años ya estaba la mitad del día en la escuela y la otra mitad en el trabajo. Muchas veces me pregunté qué habría sucedido si me hubiera dedicado de lleno a tocar. Es una novela sobre algo que me ha apasionado siempre que es el rock y sobre la amistad y la camaradería, esa amistad que no es cursi sino al contrario, es cargosa, agresiva, llevada, tan mexicana. Los amigos están ahí para machacarte, son los que te ponen los peores apodos, te echan la peor carrilla. Ahora con el buenismo reinante se entiende la amistad como la de los cariñositos: todo es armonía, los amigos están ahí para abrazarte.
Hace un momento dijiste que el humor salva. Ricky Gervais ha trabajado el humor y el duelo en su serie After Life.
Es una serie sensacional, ahora mismo no la puedo ver, pero la primera temporada me encantó. Vivimos en una época donde el humor está a debate y me parece bien, sería extrañísimo querer sacralizar algo que es desacralizador por excelencia. La gente en el mundo del arte le tiene miedo a ser considerado un bufón, por eso la literatura mexicana es solemne. Cuando he sido tutor del Fonca veo a chicos y chicas jóvenes que escriben y son extraordinarios, pero en términos generales son muy solemnes. A mí no me incómoda para nada la estética de lo bufonesco, al contrario, me gusta, supongo que por eso me interesa Ricky Gervais, no tienes que estar de acuerdo con sus opiniones. La gente no entiende que sus sketches no necesariamente muestran lo que opina. La risa es una de las cosas más físicas que existen. Me encanta cuando la gente se ríe a su pesar. Uno tiene que empezar a reírse de sus propias desgracias, no entiendo la solemnidad. Shakespeare y Cervantes eran divertidísimos. Más allá de que los debates de la corrección política están completamente falseados, el problema principal y enemigo del arte, la literatura y probablemente de la vida cotidiana es la solemnidad.
¿A la literatura mexicana le sobra solemnidad y le falta rock?
Hay un texto reconocido de Elena Poniatowska sobre la solemnidad en la literatura mexicana. Me gustaría ver más riesgos con la agudeza, ambigüedad, humor y autoironía. Muchas novelas confesionales son terriblemente solemnes, la gente lo que hace es sufrir, autoconfesionar parece que es sinónimo de “me la pasé de la chingada”. Se pueden hacer buenos libros, hay obras maestras de la literatura de llanto y el crujir de dientes, pero hay obras con otro tipo de tonos y a mí me interesan más.