El 7 de noviembre Roger Bartra cumplirá 80 años y sigue tan campante. El académico e intelectual es tan prolífico como variado. Ha publicado más de una veintena de libros entre los que destacan El salvaje en el espejo y Cerebro y libertad.
En el marco de las conmemoraciones, Bartra se dice lúcido, atlético y listo para lo que venga. Se prepara para el homenaje que le rendirá la Academia Mexicana de la Lengua, el próximo 7 de noviembre a las 17:00 y no solo eso, publica sus memorias intelectuales Mutaciones (Debate), un libro a través del cual hace un recorrido por su pensamiento.
¿Cómo se siente a sus 80 años?
La verdad es que no siento ninguna diferencia respecto hace diez o veinte años. Digamos que he envejecido bien, tengo una buena vejez. Me siento lúcido, trabajo mucho, estoy sano. Han salido y van a salir muchos libros.
Coincide su cumpleaños con la publicación de Mutaciones, sus memorias intelectuales.
Así es, decidí escribirlo hace siete u ocho años, sin saber qué iba a resultar. Fue una exploración de mi pasado intelectual. Tiene algunos elementos de carácter personal, pero es ante todo una biografía intelectual. Mi vida ha dado muchos saltos y me pregunté sobre eso. ¿Por qué paso de ser originalmente un arqueólogo a estudiar la cuestión agraria, después la identidad nacional y de ahí a estudiar los mitos de la melancolía en Europa para desembocar en la antropología del cerebro y las redes culturales? Parecen saltos mortales y en la academia no se suelen dar. Las mutaciones me intrigan porque al mismo tiempo ha sido algo riesgoso, por suerte he sobrevivido y no mal. La motivación que me llevó a escribir esto es cuestionarme la lógica de mi vida.
Al principio del libro habla de un interés por la verdad. ¿Qué es la verdad?
El problema es que hay muchas verdades. Mi obsesión por la verdad me viene de pequeño y en el libro planteo que ese es uno de los tres hilos que parecen ligar todo el caos que es mi vida intelectual, además de la sensación de extranjería y la rebeldía. Desde una perspectiva científica la búsqueda de la verdad es un lugar común, es lo que todos buscamos, pero también tiene un filo peligroso como el dogma. Cuando era joven y militante de izquierda caí en eso, fui un marxista dogmático. La verdad en sus diferentes formas ha matizado mi vida intelectual y llegué a la conclusión de que la verdad debe ser plural y puede cambiar, así que uno debe ser modesto, tolerante y estar abierto a lo nuevo.
¿Hoy vivimos tiempos dogmáticos?
Vivimos el peor de los dogmatismos que es el nacionalista. Cuando la pertenencia a una cultura o nación se vuelve ideología es extremadamente peligroso porque ahí está la raíz de la guerra, lo hemos visto en las guerras mundiales y ahora en Ucrania, donde vemos confrontados al nacionalismo ruso agresivo con el nacionalismo ucraniano defensivo. México es muy país con raíces nacionalistas muy fuertes y vengo además, de la cultura catalana que también tiene un nacionalismo peligroso.
Hace un momento hablo de la extranjería, ¿se siente así?
No, pero así me toman. Me siento muy cómodo en México y en Cataluña, me siento latinoamericano. He vivido en Venezuela, Europa y Estados Unidos, en todas partes me ven como extranjero. Al he me he sentido cómodo como extranjero y por eso me he declarado post mexicano.
¿Qué es ser post mexicano?
Un mexicano que está en proceso de cambio hacia una post mexicanidad democrática, abierta y plural, no esa mexicanidad dogmática que rinde culto a la existencia de una sola identidad nacional. Las identidades son múltiples, pero fácilmente pueden ser vistas como extrañas o extranjeras por las otras, eso es un peligro de toda afirmación dogmática.
¿Sus mutaciones ideológicas están vinculadas al desencanto?
Fui militante del Partido Comunista Mexicano durante muchos años. Viví bastante tiempo sumergido en el dogma marxista leninista, pero ya hace bastante también lo abandoné. Después, dentro del comunismo fui reformista y ser burlaron de mí. Me decían eurocomunista, ahora soy un socialdemócrata que a final de cuentas es la fusión de las tradiciones marxistas y socialistas, con las de izquierda. Sufrí el dogmatismo en carne propia porque yo mismo me autocensuraba por el dogma y cuando cambié fueron los otros quienes me censuraron. Aun así, yo me seguí por el camino de la izquierda reformista, democrática y ahí me he mantenido. Como en México no hay un espacio social demócrata vivo en un espacio de cierta soledad, en Chile en cambio hay un espacio importante, el presidente Boric pertenece a él. Sin duda Lula es el gran social demócrata brasileño, aunque no tiene ese origen y tuvo un origen guerrillero, incluso yo mismo tuve un coqueteo con la guerrilla de Rubén Jaramillo. En México ha sido más fuerte la izquierda populista, aunque ahora está marginada, sería el ejemplo de Cuauhtémoc Cárdenas. Vivimos una situación difícil, por suerte la parte más importante de mi vida intelectual es la reflexión y el pensamiento.
¿Es un hombre melancólico?
No, para nada. Me fascina el tema de la melancolía, pero no lo soy, eventualmente cuando murió mi padre o mi padre, me puse melancólico, pero hasta ahí. Soy pesimista al observar como los nacionalismos invaden al mundo y lo llevan a la guerra. Veo el mundo de la política y del poder político derivándose a posiciones muy malas. La política está llena de demagogia y mentiras, el poder económico ejerce su poder explotando y generando más miseria, no aparecen alternativas. Veo el panorama mundial y de México, desde posiciones muy pesimistas.
Otro de los ejes de su libro es la rebeldía…
La rebeldía tuvo un resultado negativo que fue mi culto a la revolución para tomar el poder en nombre del pueblo. Hay un lado positivo que implica una rebeldía intelectual que no acepta las verdades impositivas y busca elementos nuevos.
Desde los setenta ha trabajado temas como la equidad de género, el derecho al aborto o la despenalización de la mariguana.
Cuando dirigí la revista El machete, en los setenta, ha pesar de que el Partido Comunista la pagaba a muchos militantes no les gustaba por heterodoxa. Teníamos una visión distinta sobre la despenalización de las drogas o del despotismo de la Unión Soviética, éramos muy rebeldes y defendimos causas que todavía son vigentes como el aborto.
He estado tentado a arrepentirme de haber sido un comunista dogmático, pero al mismo tiempo dentro de esa militancia pienso que hubo algo positivo porque me dio un rigor intelectual que me ayudó. Si no hubiese sido un militante de izquierda dogmático, ¿qué alternativa habría tenido? No me arrepiento, pero si reflexiono sobre eso. Luego hay cosas de tipo personal, de las cuales no hablo en el libro y que se pudieron corregir.
¿El Bartra viejo le haría una advertencia al joven?
Ninguna porque el pasado ya ocurrió y no se puede cambiar. Lo que soy ahora es producto de lo que fui.
¿Cuál es su relación con Dios ahora?
Nunca he sido religioso. Vengo de una familia republicana y atea. Nunca he creído en ninguna deidad más allá de las que existen en la literatura. Cuando era pequeño le preguntaba a mi padre si Dios existe y él respondía que sí, pero en la literatura.
¿Le preocupa la idea de la muerte?
Cada vez que me amenazan con un homenaje, me dan un premio o cuando la UNAM me declara investigador emérito, siento que hay algo de proceso de momificación, desde luego que eso inquieta, pero lo tomo del lado irónico. Los homenajes o premios no son tan importantes, lo relevante es la obra que uno ha producido porque esa queda ahí. Cuando desaparezca posiblemente tendrá una función y con esa esperanza estoy tranquilo. Como no tengo temperamento religioso ni melancólico no me preocupa la muerte.
Una constante de su obra es la ironía o no tomarse tan en serio.
La ironía es la columna vertebral de la crítica y yo me la tomo muy en serio, pero también está presente como broma. En todos mis ensayos hay un elemento juguetón.
Dicen que el humor salva.
Así es, Malinowski decía que la antropología era un ejercicio del humor.