Rebelión
Nacional

La pasarela de la oligarquía priista | Artículo

Por Rogelio Muñiz Toledo

“Toda organización partidaria representa un poder
oligárquico fundado sobre una base democrática”
Robert Michels

En los últimos treinta años el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha tenido tres grandes oportunidades para su refundación y las dirigencias en turno las han desaprovechado, en buena medida porque las élites que controlan los órganos de dirección del partido se han negado a impulsar su democratización y transformación política e ideológica.

Como sucedió luego del homicidio de Luis Donaldo Colosio Murrieta y de las cuestionadas elecciones de 1994, de la primera alternancia en el poder ejecutivo federal en el 2000 y del desastroso sexenio de Peña Nieto y las estrepitosas derrotas electorales entre 2018 y 2022, ante la actual debacle la apuesta de sus dirigentes no es por refundar al PRI, o al menos democratizarlo, sino por mantener sus espacios de poder a costa de lo que sea, incluso de perder al partido.

Las élites políticas que han controlado al PRI durante los últimos treinta años, y que son parte del mismo grupo oligárquico que se apoderó del partido para reorientarlo ideológicamente hacia la derecha, han impedido la democratización de los procesos de elección de los órganos de dirección del partido y de selección de candidatos y la renovación de las élites partidistas. Ni qué decir de la refundación del partido o al menos de un cambio en la orientación ideológica y programática hacia una posición de centro izquierda acorde con la vocación socialdemócrata que dicen tener algunos de sus dirigentes y con la pertenencia del PRI a la Internacional Socialista.

Las élites que han controlado la dirigencia del PRI por más de tres décadas han cerrado el paso a nuevos cuadros nacionales y locales y han buscado su reproducción mediante la concentración del poder en el Comité Ejecutivo Nacional (CEN) y el reforzamiento de las tendencias oligárquicas dentro del partido, todo ello favorecido por la formación de enclaves en algunos estados, en los que un grupo político conserva el poder mediante otro de los graves fenómenos oligárquicos a los que se refiere Robert Michels: el nepotismo; no en su sentido jurídico sino político.

Baste con ver la cantidad de estados en los que los gobernadores priistas conservaron el poder político y el control del partido a nivel local, o lograron el control del partido a nivel nacional, a través de “heredar” a algún familiar cercano la gubernatura o posiciones legislativas.

La pasarela de sus presidenciables organizada por el CEN del PRI en días recientes rememora en muchos sentidos a la de 1987 organizada por el presidente Miguel de la Madrid Hurtado para conducir el proceso de sucesión presidencial en la que, por decisión de él como “jefe político del partido”, participaron Ramón Aguirre Velázquez, Manuel Bartlett Díaz, Alfredo del Mazo González, Sergio García Ramírez, Miguel González Avelar y Carlos Salinas de Gortari.

Como mecanismo de auscultación para la definición de su candidata o candidato presidencial y de debate sobre la plataforma electoral del partido de cara al 2024, la pasarela de la oligarquía priista organizada por Alejandro Moreno Cárdenas no solo comparte con la que armó el presidente Miguel de la Madrid el carácter no democrático y de farsa, sino que es un burdo intento por dar apariencia democrática a un mecanismo de (pre)selección que busca enmascarar (sin éxito) la pretensión de legitimar una decisión tomada desde la cúpula del partido fuera de los tiempos no solo legales sino políticos. Expresión clara de que en el PRI se cumple a cabalidad lo que señala Robert Michels: en los partidos la democracia no suele ser “para el consumo interno, sino un artículo de exportación”.

Tal vez lo más destacable de esta pasarela sea que ha evidenciado las carencias del PRI de cara al 2024: la falta de estrategia política y de aspirantes a la candidatura presidencial realmente competitivos y con un discurso y una agenda política acordes a lo que demanda la sociedad, el carácter oligárquico de los grupos que controlan las estructuras del partido y de quienes lo dirigen y su imposibilidad de deslindarse de su pasado de corrupción, del fracasado modelo de desarrollo impulsado por sus gobiernos desde 1982 y de las élites que lo llevaron a perder el poder en el 2000 y en el 2018.

No es casual que al menos cuatro de los ocho aspirantes que acudieron a la pasarela sean fieles representantes de la corriente tecnocrática que impulsó el fracasado modelo de desarrollo neoliberal (De la Madrid, Guajardo, Gurría y Murat) y que tres sean parte del fenómeno oligárquico caracterizado por el nepotismo al que se refiere Michels (De la Madrid, Murat y Ruiz Massieu Salinas; además de Alfredo del Mazo Maza, quien no asistió a la pasarela pero que, si el PRI no va con la coalición opositora en 2024, podría terminar siendo el candidato si logra conservar la gubernatura de su estado para el PRI y si el próximo año el control del partido pasa a manos de otro de los grupos de la oligarquía priista: el del clan familiar que ha gobernado el Estado de México durante cuatro de los últimos siete sexenios).

Tampoco es casualidad que tres apellidos involucrados en la pasarela de priistas de 1987 estén presentes en la de 2022: De la Madrid, Del Mazo y Salinas.

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