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“El cine contemporáneo es más incierto y exige incertidumbre”: Albert Serra

Guionista, director, dramaturgo y artista plástico, Albert Serra (1975) se mueve en distintas pistas y en todas lo hace con la vocación de no ajustarse a convencionalismos. En España, se le considera como un enfant terrible y parece llevar el membrete con orgullo.

Ganador de premios como el Nacional de Cultura y el del Jurado en Cannes, Serra es un realizador conocido por su cine sin concesiones y apoyado en imágenes poderosas. Su nueva cinta Pacifiction, filmada en Tahití, donde muestra cómo el Alto Comisario de la República toma el pulso de una población que parece dispuesta a rebelarse en cualquier momento.

En España te conocen como enfant terrible, ¿te gusta el sobrenombre?

Enfant no soy, perro terrible sí comparado con los otros en España, donde todos parecen corderos y son muy poca cosa. Allá sin hacer gran mucho pareces un loco, el resto parecen curas.

¿Buscas provocar per se o se dio de manera natural?

Se dio, no lo he buscado. Si comparas mi trabajo con lo que sucede en Francia u otros países, tampoco soy tan provocador.

Siempre se ha notado la relación de tus películas con la literatura, pero en Pacifiction lo llevas a un punto distinto.

Sí, por los diálogos, pero son a mí manera, es decir, tampoco son tan funcionales. Obviamente hay una trama y doy vueltas sobre lo mismo, pero se mantiene lo poético, arbitrario o absurdo. La función de la palabra en el cine no ha sido muy explorada todavía. Si bien tenemos una herencia que permite describir a los personajes o la trama por medio de la palabra, lo cierto es que tiene una capacidad sugestiva muy fuerte.

¿Tu relación creativa con la palabra ha cambiado?

No, siempre ha estado lo que pasa es que no estaba tan presente en mi cine. Hice muchas películas dialogadas para el arte contemporáneo, a pesar de que en este terreno se suelen hacer cosas más visuales y estéticas. Por otro lado, los guiones de mis películas son más o menos convencionales para buscar financiación. Además, he hecho varias obras de teatro. La palabra no es algo que me sea ajeno, aunque quien sólo me conoce como director es verdad que me ubica como alguien minimalista o más visual.

Se te reconoce por la potencia de tus imágenes…

Bueno, la imagen es la quinta esencia del lenguaje cinematográfico. La imagen tiene una ambigüedad potencial más grande que la palabra, es también más perversa y confusa, por eso es más sugerente.

¿Qué tan intuitivo eres al momento de filmar?

Muy intuitivo, de hecho, el guion sólo sirve para la gente de producción. Yo tengo un stock de motivos y temas, e intuitivamente los desarrollo con los actores. El guion lo hago como un ejercicio personal, casi literario y que me sirve para buscar financiación. El cine contemporáneo es más incierto y exige incertidumbre, ya nadie se cree eso de la representación, eso estuvo bien para los años cincuenta o sesenta, cuando la gente era más inocente.

Con Pacifiction regresas a uno de tus grandes temas: el poder.

Es algo que me interesa mucho, mejor dicho, me interesan las jerarquías. Siempre hay una jerarquía que condiciona las relaciones humanas. Me gusta darle vuelta a esta idea porque forma parte de la injusticia. Visualmente todavía nos falta mucho por explorar en este sentido, dramáticamente se ha trabajado mucho, pero en términos de imágenes íntimas no lo suficiente.

¿Cómo trabajas el arco dramático de tus películas, en el entendido de que filmas a partir de la intuición y de la construcción de imágenes?

Es difícil responder. Cada actor es un mundo y me apoyo mucho en ellos. El cine se ha profesionalizado tanto que el actor se ha depreciado, parece que siempre encontrarás a uno que sea bueno, pero no es así. Cuando tienes el digital o tres cámaras puedes reconocer la diferencia entre un actor inspirado y otro que no lo está. Todo se basa en tener un pequeño margen de libertad y elasticidad para poder seguir a los actores porque muchas veces ellos son quienes determinan la calidad de una película.

¿Cómo encuentras ese pequeño margen de libertad en las películas?

Siempre hay que encontrarlo, yo soy vivo ejemplo de ello. Mientras todo se desarrolle dentro de un presupuesto más o menos moderado, hay un margen. También soy productor, así que soy el más interesado en mantener las cosas dentro de cierta racionalidad.

¿Cómo nacen tus películas, Pacifiction, por ejemplo?

En general se deben más a la gente a mi alrededor que a mí mismo. Quería hacer algo moderno, pero tampoco en cualquier sitio. En mis últimas dos películas, sobre todo de La muerte de Luis XIV, mi equipo español trabajó mucho y en condiciones muy limitadas, así que nos propusimos hacer algo exótico, lo cual por sí mismo ya te da cierta dramaturgia, del propio choque con lo distinto surgen cosas imprevistas.

Actualmente hay también una exposición sobre tu trabajo en el Museo Rufino Tamayo, ¿qué relación tienes con el trabajo ya realizado?

Me gusta, el mundo del arte tiene cosas buenas y malas, entre lo malo pongo que es muy aburrido y últimamente políticamente correcto. En el sentido ideológico hay menos libertad, aunque en lo formal eres más libre siempre que no toques temas delicados.  La plástica me permite crear una ilusión interesante.

¿Cuál es tu relación con la corrección política?

Es una cosa muy triste. La ficción se inventó para poner lo peor de nosotros mismos, lo más feo, lo más abyecto o desagradable, para tener mayor autoconsciencia y que fungiera como una especie de exorcismo o experimentación pura. El escritor Alain Robbe-Grillet decía que la esencia de la democracia es que se publican mentiras y estupideces, no verdades absolutas. La corrección política es una limitación grande, pero tampoco puedo cambiar al mundo ni me interesa, lo importante en todo caso es mantener un espíritu espontáneo. Seguramente es buena para la sociedad, pero no para el arte ni para la ficción.

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