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‘Los plebles’, un documental sobre un grupo de jóvenes que nació en el tiempo y el lugar equivocado

¿Cómo vive un joven sicario cuando no está en un operativo? Los plebes, el documental codirigido por el cineasta Eduardo Giralt y Emmanuel Massú, intenta responder a esta pregunta y mostrar el lado humano de un grupo criminal de Culiacán, Sinaloa.

Producida por Vice y Gabriel Stavenhagen, la película filmada con teléfono celular y que hoy se estrena en la Cineteca Nacional, profundiza en la vida de un grupo criminal conformado por millenials que contrastan sus deseos de una vida normal con una realidad donde las armas y el asesinato son cosa de todos los días.

¿Cómo consiguieron el permiso para filmar lo que muestran en Los plebes?

Eduardo Giralt: Hubo un trabajo de campo previo para otro proyecto que nos permitió conocer a jóvenes de este grupo. Ahí se pidieron los permisos correspondientes a las autoridades criminales, de modo que ya sabían quienes éramos. En la segunda fase hablamos con los patrones de estos chavos y les comentamos que nos interesaba mostrar lo que hacen en su tiempo libre para humanizarlos, mostrar que no son máquinas de matar como suelen retratarlos los medios. La mayoría dijeron que no, pero un grupo pequeño accedió y con ellos empezamos a trabajar.

¿A qué atribuyen que accedieran algunos?

EG: Primero porque nadie se toma el tiempo y el riesgo de hablar con ellos. Dentro de su mondo nosotros éramos los más inofensivos: no teníamos armas ni estábamos entrenados para matar. Para ellos era un respiro hablar con alguien que no ejerce coerción, eso les resultó muy estimulante, es gente que carga muchas cosas e información. Una forma que usan para drenar todo eso es mediante los corridos, contratan a alguien para que los haga y listo, pero no todo mundo tiene dinero para pagarle a un músico, de modo que el hecho de que alguien llegue y les proponga contar su historia les parece muy atractivo.

Gabriel Stavenhagen: Hay un elemento de vanidad inclusive en ser el protagonista de su propia película. Cuando nuestro protagonista vio la película se le hizo muy aburrida porque no hay escenas de acción.

¿Al filmarlos cuál fue su límite ético? ¿Hasta dónde ellos los dejaron filmar?

EG: Nosotros teníamos clara la línea narrativa: el tiempo libre de estos chicos. Una vez que supimos esto nos resultó muy fácil excluir cualquier otra acción que no estuviera relacionada con nuestra búsqueda. Además, nuestro instinto de supervivencia nos advertía que entre más nos alejáramos del tópico original más nos exponíamos.

¿En algún momento se sintieron en peligro?

EG: Nos sentimos en peligro una vez y eso porque unos norteamericanos estaban filmando en Culiacán. Ellos pagaban doscientos dólares por las entrevistas y nosotros no, eso generó sospecha entre los diferentes grupos de la ciudad. Cuando los estadounidenses ofrecieron más dinero si alguien les daba acceso a alguno de los jerarcas criminales se activaron las alarmas. Nos preguntaron si éramos nosotros quienes lo estábamos haciendo, mientras averiguaron quién estaba pagando nos obligaron a parar la filmación. Pausamos varias semanas, hasta que se dieron cuenta que no éramos nosotros.

Los permisos para el rodaje los gestionaron con ellos. ¿No necesitan o necesitaron de las autoridades locales o federales para nada?

EG: Así es. Cuando agencias extranjeras vienen a entrevistar a un cocinero de fentanilo o a un gatillero de una empresa criminal, nunca se mete al gobierno en la negociación, primero porque no quieres que te estén siguiendo; segundo, porque no quieres que te usen para capturar a tus personajes.

GS: Para nosotros era muy importante hacer una película que no tuviera que ver con el trabajo de estos chavos. El documental es sobre lo que no vemos en los noticieros, esta congruencia era una forma de protegernos.

En la película se les ve jugando videojuegos, al protagonista lo vemos conmovido cuando muere su perro. ¿Qué interpretación hacen de esta faceta humana?

EG: Nos interesaba mostrar que para ellos es como cualquier otro trabajo y quitar elementos sorpresivos o de shock.

GS: Nos parecía sorprendente la forma en que La Vagancia pasa de ser alguien sumamente violento a alguien tierno cuando pierde a su perro. Conocerlos en este rango de emociones te asoma a su humanidad.

¿Cómo se cuidaron de no hacer una película que hiciera apología del crimen organizado?

EG: Creo lo evitamos al humanizarlos y mostrarlos de manera rutinaria, esa fue nuestra principal estrategia.

Después de haber hecho el documental, ¿cómo definen a los plebes?

GS: Para mí es una juventud perdida que nació en el tiempo y el lugar equivocado.

EG: En el norte, plebe es una forma de nombrar a los jóvenes, pero nosotros nos centramos en este grupo criminal. Al final, si bien si hay factores que los empujan a integrarse a este grupo, siempre hay un porcentaje de decisión individual, no reconocerlo sería infantilizarlos.

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